Bajé a toda velocidad al consultorio de Hernán sabiendo que tenía el tiempo contado. Esa mañana había trabajado y estaba cansada del tedioso hábito de renegar con alumnos y su falta de su interés por el aprendizaje. Había decidido ceder al impulso que venía conteniendo hace tiempo. Ya no podía controlar esa sed irrefrenable de entregarme al deseo intenso de saber cómo sería dar el paso y dejarme sorprender. Esa mañana, Hernán me había escrito para pasar a pagar el alquiler y hablar sobre una posible reducción en el porcentaje de ajuste. Cualquier excusa era válida para verlo. Ignacio, mi esposo, estaba fuera de casa hasta la noche que volvíamos a vernos. Mi decisión ya estaba tomada.
-Hola Hernán, ¿Cómo estás?- pregunté alzando mi vista a esos hermosos ojos azules que tanto había evitado mirar. Él, detrás del mostrador, y dejando el ordenador de lado, se aproxima y me rodea con sus fuertes brazos. Quedo inmóvil, incapaz de reaccionar y dejo que el momento fluya.
–Hola Julia! Susurra con su grave voz dibujando una sonrisa al verme. Había esperado tanto que llegara este momento. Él era consciente de la atracción que había entre nosotros y hacía bastante tiempo que observaba un interés peculiar de tener un momento a solas conmigo. En ese instante sentir su abrazo me hizo estremecer y un fuerte escalofrío recorrió la totalidad de mi cuerpo. Respondo al abrazo apretando mi torso contra el suyo y puedo sentir su cuerpo, fuerte, vigoroso y grande. Sin pensarlo mis manos se apoyan en su pecho y solas lo recorren con suavidad y lentitud. Estaba entre sus brazos y me lo disfrutaba a más no poder, aun sabiendo que ambos estábamos casados, pero al parecer eso no impedía sentir el vértigo de estar en los brazos de lo prohibido. Sin apartarnos, sus manos toman mi cintura y me dejo. Comienza a recorrerme suavemente y quedo extasiada en su mirada, intensa, de pupilas dilatadas. Su respiración es profunda al igual que la mía. Deseo besarlo. Mis manos recorren sus brazos y siento que su piel se encrespa. Acomoda mi cabello detrás de mi oreja y toma mi mentón. Me sumerjo en él. Me besa con ternura y suavidad. Respondo. Con fuerza, con ganas, con vigor. Lo saboreo. Besa bien. Noto la experiencia y la calma que denota su edad. Su aroma es exquisito, embriagante. No mediamos más palabras. Me levanta y quedo con mis piernas atrapando sus caderas y me lleva a la oficina situada detrás de la sala de espera. Desabrocha mi camisa, mis lentes caen de mi cabeza. Pongo mi mano en su sexo sintiendo una enorme erección que cualquiera notaría bajo el pantalón de su ambo. Su miembro es grande. Lo siento. Esto lo desata. Su manera de besar pasa de tierna a apasionada. Me saca el jean y quedo en ropa interior. Se detiene a contemplar la mujer que tiene en frente. Recorre mi piel suavemente de punta a punta y su tacto me deja sin aliento. Siento la humedad en mi sexo que pide a gritos sentirlo. Posa su mano en mi entrepierna y su calor me enloquece. Creo que voy a acabar sintiéndolo y ni si quiera me ha penetrado. Le quito su chaqueta con toda prisa y observo su torso esculpido. Atlético. Él se saca el pantalón y al bajar su bóxer, noto todo su miembro en toda su extensión. El deseo me consume. Lo llevo hacia mi entrepierna y me hace desearlo. Su miembro cubre toda la extensión de mi vulva. El roce de su virilidad me enloquece. Se ubica entre mis labios inferiores y ya deseo que me posea. Lo hace de manera firme, fuerte y decidida. Se me escapa un gemido de placer y creo morir. Siento dolor pero no quiero separarlo de mí. Me cuelgo de su cuello y siento que me tiene a su merced. Nuevamente se lanza sobre mí una y otra vez y no puedo evitar estallar de placer. Mis fluidos escapan a mares entre nuestros cuerpos desnudos. Esto lo enloquece. A lo que siguen embestidas constantes y profundas. Vuelvo a acabar.
-Dios!!- Dejo escapar casi sin querer. Quiero que esto no termine.
El sonido de la alarma de mi celular hace abrir mis ojos. 7.20 de la mañana. Despierto con el enojo habitual de tener el tiempo contado para irnos a trabajar. Ignacio prepara el desayuno. El olor de su café invade la casa. Siempre odié levantarme temprano, me pone de un humor de locos y trato de que él no note mi enfado, aunque ya me conoce.
Salimos de casa rumbo a nuestros trabajos, mientras vamos en el auto no puedo evitar recordar el sueño. El mal humor se va disipando. Observo mi mano sobre su pierna mientras él conduce, hábito que tenemos. Levanto la mirada y lo miro conducir, algo que me excita, sobre todo cuando estaciona, esa forma de dominar que posee es algo que me atrapa. Nuevamente Hernán en mi cabeza. Dudo de contárselo. Amo a mi esposo, y no encuentro motivos para soñar con Hernán. Pero el sueño me ha dejado excitada y nosotros no tenemos secretos.
-¡Tuve un sueño! Arremeto con nerviosismo como todas las veces que comparto algo sexual que involucra a otras personas. Disfrutamos jugar con la idea de expandir nuestro mundo sexual, aunque ambos sabemos lo celosos que somos. Siempre coqueteamos con la idea de involucrarnos con otras personas y esto es algo que le agrega sazón a nuestra relación. Pero lo hemos mantenido en el plano de la imaginación y no nos hemos atrevido a ir más allá.
–¿Y…? pregunta él con tono atrevido. Mi silencio lo intriga e intuyo que nota algo más en él. Una sonrisa se me dibuja en la cara y él se prepara para escuchar.
–Soñé con Hernán! Suelto al tiempo que se me acelera el pulso.
–Mmmmm- deja escapar él. –¿Te gustó el sueño? Pregunta.
–¡Mucho! – Respondo con énfasis. Pone su mano en mi pierna y la aprieta con ganas.
–¡Apa! Suelta él, insinuando que fue de alto voltaje.
–Sí- respondo y dejo que observe mi cara de excitación. Esto sé que lo provoca y por dentro ruego que no se enoje. –No quería despertar, pero sonó la puta alarma. ¡Me cortó en la mejor parte!
–¡Te dije que Hernán estaba rico! Al parecer tu inconsciente te está desmintiendo y más si no querías despertar. Nos aproximamos al destino en el que suelo bajar y unas cuadras antes le confieso:
-¡Me encantó como me cogía! A la noche si quieres te cuento… Quedo a la expectativa de su respuesta. Noto la lucha entre sus celos y el vértigo al que estamos familiarizados.
–Bueno, dale. Responde él, al tiempo que me besa y yo lo beso con ganas y con Hernán en mi mente. Quiero contarle cada detalle y que eso nos lleve a coger como nosotros sabemos que nos gusta. Susurrarle al oído: Hernán! y que me lleve al éxtasis como solo él sabe hacerlo.
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