En el corazón de una estación de tren, donde el tiempo parecía detenerse, nos encontrábamos cada mañana. Yo, una joven anónima, y él, un hombre que, aunque pasaría desapercibido para muchos, poseía una mirada hipnótica que me dejaba sin aliento. Sus ojos, profundos y misteriosos, me atraían irresistiblemente, como un imán. Cada día, al llegar a la estación, mi mirada lo buscaba con ansiedad, aunque mi timidez me impedía acercarme. Él, sin embargo, parecía saber que estaba allí, escondido tras su aura de misterio.
Una mañana particularmente estresante, decidí calmar mi frustración con un cigarrillo. Me detuve en un rincón cerca de la entrada, perdida en pensamientos, hasta que una voz suave rompió el silencio: “¿Me regalarías fuego?” Al levantar la vista, allí estaba él, más cercano que nunca. Mi corazón latió con fuerza, y aunque me sentí incómoda, logré ofrecerle mi encendedor con manos temblorosas.
Mientras encendía su cigarrillo, el tiempo pareció ralentizarse. Hablamos de trivialidades, pero la tensión entre nosotros era palpable, como una corriente eléctrica que nos unía sin necesidad de palabras. Subimos al tren, y él se sentó a mi lado, su proximidad enviando oleadas de calor por mi cuerpo. Nuestra conversación se profundizó, tocando temas más íntimos, hasta que admitimos abiertamente la atracción mutua que nos consumía.
En un instante de valentía, me giré hacia él, y nuestros ojos se encontraron en un intercambio de deseo. Sin pensarlo, me incliné y nuestros labios se unieron en un beso apasionado. Sus labios, suaves y cálidos, me hicieron perder toda inhibición. Su mano recorrió mi cuello, enviando escalofríos por mi espalda, mientras yo enredaba mis dedos en su cabello, acercándolo más.
El tren avanzaba, y con él, nuestra pasión. Sus dedos acariciaron mi piel con suavidad, explorando cada rincón de mi cuerpo. Mi respiración se volvió entrecortada, y mi corazón latía enloquecido. Cada toque era una llama que avivaba el fuego que ardía dentro de mí. En un susurro, le pedí que me dejara explorarlo, y su respuesta fue un beso que me robó el aliento.
Con dedos temblorosos, bajé su pantalón, revelando una erección firme y ansiosa. Mis labios recorrieron su piel, dejando un rastro de besos que lo hicieron gemir. Sus manos, aunque suaves, me guiaban, aumentando el ritmo hasta que ambos estábamos al borde del clímax.
El orgasmo me sacudió, una ola de placer que me dejó sin aliento. Él, igualmente afectado, me abrazó con fuerza. Nuestros labios se encontraron de nuevo, esta vez en un beso tierno, lleno de conexión. Flotábamos en un mar de sensaciones, hasta que el sonido de pasajeros nos devolvió a la realidad.
Nos vestimos en silencio, intercambiando miradas cargadas de satisfacción. Al llegar a destino, nos separamos sin palabras, pero con la promesa tácita de vernos de nuevo. Y así, cada viernes, a las 6:45 de la mañana, nos encontramos en la misma estación, listos para recorrer esos 50 kilómetros de lujuria y deseo, sin nombres, sin teléfonos, solo con el anhelo mutuo de explorar la pasión que nos unía.
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